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Diemecke convirtió al público en una gran orquesta

Mónica Mateos-Vega

 

Periódico La Jornada
Lunes 7 de noviembre de 2022, p. 8

No es exagerado decir que el director de orquesta Enrique Diemecke (CDMX, 1955) está hecho, en cuerpo y alma, de música pura.

Por si no fueran suficientes los relatos acerca de su vida que sustentan tal afirmación, los cuales conforman el libro Enrique Arturo Diemecke: Biografía con música de Mahler, escrito por José Ángel Leyva y publicado por Siglo XXI Editores, este sábado, durante la presentación del volumen en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, el maestro obsequió al público un momento único: convirtió a los espectadores en una gran orquesta que dirigió para interpretar los primeros acordes de la Quinta sinfonía de Gustav Mahler.

La música retumbó en la imaginación de las personas que, sorprendidas, de repente, con la sola indicación de Diemecke, sufrieron una metamorfosis y ya eran parte del área de cuerdas, de las percusiones, de los metales.

La trompeta está acá, los platillos están allá, dijo el director antes de cerrar los ojos, levantar los brazos y comenzar, suave: “Do, do do, do… do, do, do, do… do, do do, mi…” Así siguió ante el asombro de su público-orquesta boquiabierto porque, en efecto, en la mente de todos, aun sin conocer la pieza de Mahler, Diemecke hizo retumbar esa sinfonía en los pechos de cada persona del auditorio.

Su voz fue lo único que se escuchó durante esos pocos e inolvidables minutos que, en opinión de expertos críticos de música, nunca un director de orquesta había convidado de esa manera sus secretos orquestales al público común, donde todas las emociones se amalgamaron en la voz de Diemecke entonando las notas de una música que vive en su mente. Al concluir, las lágrimas asomaron en los ojos del maestro, quien recibió una fuerte ovación.

Me entrego a la música desde que estaba en el vientre de mi madre, y lo seguiré haciendo hasta que me permita la vida, y después, si Mahler y los otros compositores me reciben en su orquesta de querubines, expresó el director.

Reconoció que no tenía tantas ganas de hacer un libro biográfico, “no soy escritor, no podría escribir páginas enteras sin cometer errores; tampoco quería tener un fantasma que lo escribiera. Entonces, José Ángel Leyva me propuso escribirlo de tal manera que yo hablara y él me escuchara. Y no fue dictarle una sinfonía, fue algo mucho más profundo y honesto, porque Leyva es un gran escritor. Cuando comencé a leer dije: ‘¡Ah, chirrión! ¿Todo esto digo yo?’

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s Cerró los ojos, levantó los brazos y comenzó: “Do, do do, do… do, do, do, do… do, do do, mi…” ante el asombro del público-orquesta, porque en su mente y sin conocer la pieza de Mahler, Diemecke hizo retumbar la Quinta sinfonía en sus cuerpos. Fotos María Luisa SeverianoFoto María Luisa Severiano

Los milagros que se cuentan en el libro son reales, son verdaderos. El primero de ellos fue nacer en un entorno musical, algo que nunca pedí. Nací en un entorno de músicos, es decir, de gente trabajadora, que se ganaba la vida dando clases o tocando en orquestas y en ocasiones hasta en los camiones para ayudar a llevar algo a la casa. Pero gracias a esa entrega y pasión por la música de mi padre pude crecer en el escenario. El siguiente milagro fue desarrollar eso.

Acompañaron a Diemecke en la presentación del libro, el editor Tomás Granados Salinas, el poeta y autor del mismo, José Ángel Leyva, y la compositora Ana Lara, con quien hice muchas cosas que abrieron camino en cuestiones por las que hoy día, por desgracia, seguimos luchando. Pero logramos, hace varias décadas, que los compositores, tanto hombres como mujeres, fueran respetados tanto por su talento como por su trabajo, recordó el músico.

Sueños con Alma Schindler

En su turno, el periodista y crítico musical Pablo Espinosa, compartió un sueño a manera de metáfora en el que Alma Schindler, esposa de Mahler dijo a Diemecke: “Tengo la impresión de que lo conozco de toda la vida, porque fíjese que he soñado todos estos días, cuando me quedo dormida con su libro que se queda sobre mi pecho, con las páginas abiertas, y he visto pasar toda su vida como en un sueño, en esas páginas y en esos sueños, desde que era usted un niño vivaracho hasta ahora, que es usted una gloria musical del mundo, como es mi marido.

Ahora recuerdo, mi marido me ha dicho que le gusta mucho cómo entiende usted tan bien su música. Dice, por ejemplo, que cuando usted da la entrada a las arpas, se abre un portal dimensional y la música suena a cielo, como en su Cuarta sinfonía, y que pocos directores como usted ponen al público en contacto con la música de mi marido de manera tan directa, estremecedora.

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