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ontra viento y marea, Luiz Inácio Lula da Silva de nueva cuenta ocupará la presidencia de Brasil, decidido a enderezar el barco verde amarelo y desfacer la cantidad de barbaridades –todas ellas contra el pueblo brasileño– cometidas por el fascista Jair Bolsonaro. El ex dirigente metalúrgico bien puede cantar a los cuatro vientos aquella bella canción, La Cigarra (que Mercedes Sosa interpretaba como nadie), que en su parte medular dice: tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo, estoy aquí resucitando; gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal, porque me mató tan mal y seguí cantando; cantando al sol como la cigarra, después de un año bajo la tierra, igual que el sobreviviente que vuelve de la guerra.

El triunfo electoral de Lula fue motivo de júbilo en prácticamente toda Latinoamérica, cuyo mapa paulatinamente ha dejado atrás el horror de la etapa neoliberal, pero que aún no puede cantar victoria porque son interminables los destrozos causados por los gerentes, disfrazados de presidentes, que Estados Unidos colocó, durante décadas y con sus respectivas pandillas, en la geografía de la patria grande.

Como bien lo dijo ayer López Obrador, en referencia a México, pero con copia para América Latina: lo que hay que procurar es que nunca más se repitan esos gobiernos que defienden a las oligarquías y abandonan al pueblo; nunca más gobiernos que protegen a corruptos; nunca más gobiernos sin autoridad moral, para que de esa forma el país (la región en su conjunto) siga avanzando. Se acabó el saqueo y el empobrecimiento sistemático de la población, para que la oligarquía se enriquezca cada día más. Por cierto, dice Andrés Manuel recordó que Mario Vargas Llosa dijo: “‘yo estoy con Bolsonaro, no quiero a Lula’, y no quería a Petro y desde luego no me quería a mí; pero Vargas Llosa (también súbdito de la apestosa monarquía española) parece que todo lo que toca lo sala; y miren lo que hizo mi amigo Trump. También, un reproche fraterno, respetuoso. Ayer domingo se lanza con un tuiter a favor de Bolsonaro y en contra de Lula, diciendo que era un peligro para Brasil, llamando a votar por Bolsonaro en la mañana. ¿Qué tenía que meterse? Pero el pueblo brasileño está muy consciente. Bendito pueblo, porque les va a ir muy bien. Estamos muy contentos”.

Espléndido el discurso por el triunfo, pues Lula subrayó que hoy el único ganador es el pueblo brasileño; esta no es una victoria mía ni del Partido de los Trabajadores, ni de los institutos políticos que me apoyaron en la campaña. Es el triunfo de un movimiento democrático que se formó por encima de partidos, intereses personales e ideologías, de tal forma que la democracia saliera victoriosa. Dios siempre ha sido muy generoso conmigo y sobre todo en este momento en que no enfrentamos un adversario, un candidato; enfrentamos a la máquina del Estado brasileño colocada al servicio de un candidato para que no ganemos la elección.

Y en la tienda de enfrente, Jair Bolsonaro come mierda a puños: se encerró en su casa, apagó la luz y se fue a dormir, según dicen sus allegados. En realidad, este fascista terminó de meter lo poco que faltaba de su cuerpo en el basurero de la historia en donde permanecerá como ejemplo para que el pueblo brasileño (con copia para los demás pueblos latinoamericanos) no cometa el gravísimo error de llevar al poder a este tipo de sabandijas.

Las rebanadas del pastel

Dudas de la lectoría: “la organización no gubernamental estadunidense Global Exchange, financiada por el Departamento de Estado, ha estado subvencionando a periodistas y medios de comunicación para cubrir las elecciones en Colombia, Chile y ahora Brasil. Entonces, ¿es ético que esta presunta ONG envíe (y ella acepte) para tales fines a la conductora de Canal 14, Claudia Martínez, considerando que se trata de un medio público dirigido por Jenaro Villamil? Resulta indignante que esto suceda, pues ese grupo (ahora con la cara visible de Manuel Ortiz Escamez, a quien por falta de ética despidieron de Notimex) se dedica a reclutar (todo pagado, desde luego, con fondos del gobierno de Estados Unidos, y sabemos lo que ello quiere decir) medios públicos en América Latina para lograr sus fines, los cuales disfraza de alianza global para que el Departamento de Estado aumente su financiamiento e influencia en la región. Qué casualidad: sucedió en la elección colombiana en la que ganó Gustavo Petro; en la chilena, con Boric como vencedor y ahora la brasileña, donde Lula resultó vencedor. ¿Se vale, pues?”

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