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La Jornada: ¿La fiesta en paz?

I

nmersos en un sistema económico que privilegia la productividad sobre la humanidad de las personas, en lugar de haber restructurado la dependiente industria automotriz −no producimos vehículos propios, maquilamos y ensamblamos varias marcas ajenas− allá por los años setenta del pasado siglo en la Ciudad de México fueron implementados novedosos y anchos ejes viales, en un intento por agilizar el tránsito de vehículos motorizados de todo tipo. Hoy, el sueño de una circulación más fluida se diluye con la multiplicación de vehículos más la invasión de motocicletas, bicicletas e incluso patinetas eléctricas.

Una hipótesis sostiene que esto redujo el tiempo de la tauromaquia, no por las decenas de ejes sino por los miles de peatones obligados a cruzarlos, quienes de la noche a la mañana se convirtieron en involuntarios Tancredos y temerarios banderilleros ante una bufalada motorizada que los embiste sin piedad en cuanto el semáforo se pone en verde. Si a ello agregamos el predecible toro de lidia para torear bonito sin necesidad de someter su bravura, emocionar al peatón-espectador se volvió ciencia y el arte del toreo tiene, además de deportes de alto riesgo y hartos espectáculos, otra desalmada competencia: los ejes viales.

Tras el numerito de la pandemia −15 millones de muertos entre 8 mil millones de habitantes− aumentan aquellos que no quieren pensar sino confirmar; reforzar no intercambiar; simplificar no analizar; dramatizar no matizar; seguir la corriente no sostener opiniones propias, dejándose contagiar, en fin, más que de covid por el virus de la apatía amedrentada y visiones apocalípticas de supermercado.

¿Cínicos o inexpertos? Durante décadas los concesionarios del espectáculo taurino no quisieron capacitar ni invertir con visión de futuro en la fiesta que controlaban, sino que su avaricia los rebasó, dejando esta tradición a merced de grupúsculos subsidiados y juececitos amañados. Tarde, los neonacionalistas taurinos, luego de aplaudir durante décadas la colonizada importación de figurines consentidos que impusieron el toro joven y pastueño para sus apoteosis, caen en la cuenta de que haber forjado toreros nacionales competitivos de escala internacional habría sido más beneficioso para la fiesta de México que la alegre importación de diestros ventajistas.

Pan y circo es frase utilizada desde la antigua Roma como estrategia para mantener tranquila a la población y distraerla de problemas urgentes, proveyéndola de razonable alimento y, ojo, mejor entretenimiento. En cuanto al circo, en México hace tiempo que gobiernos y concesionarios de espectáculos, con escasa sensibilidad social y política, dejaron al criterio del autorregulado empresariado la gestión y directrices de esas concesiones, sin exigir eficacia en los resultados. Así, las ganancias de concesionarios de futbol, box e incluso las corridas de toros, han sido inversamente proporcionales a la calidad de la distracción masiva conseguida, debido a la nula vigilancia o connivencia con la autoridad. Ambos sectores siguen jugando con lumbre.

Profesionales taurinos −¿?− de Latinoamérica se reunieron ayer en una Cumbre americana en defensa de la tauromaquia, en la ciudad de Lima, Perú. Publicarán un documento a favor de la defensa del toro en el cual se unifiquen criterios y se concilien intereses, donde se tenga un mismo idioma que sirva de sustento ante los permanentes ataques, fomentando la afición taurina entre las nuevas generaciones de aficionados. ¿Aludiría alguno al añejo coloniaje taurino en la región y sus nefastas consecuencias?

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