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La Jornada: Crimen y sociedad

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ay en las pantallas de los cines y la televisión de paga una película llamativa: Argentina 1985. Trata del juicio contra las juntas que rigieron ese país a continuación del golpe de Estado asestado. Lo que de ahí en adelante siguió, entre otros crasos errores de gobierno, la implantación de una concepción y perversa lógica del enemigo interno. Una verdadera guerra sin cuartel ni valores humanos contra un grupo de ciudadanos argentinos. Fue una descarnada lucha, emprendida por una casta de engreídos, extremistas e irresponsables militares. Pero que, en realidad, la convirtieron, por el desuso del ilegítimo poder detentado por la fuerza, en generalizados crímenes de lesa humanidad.

Es necesario ver esta cinta porque está impecablemente apegada al espíritu de los hechos ocurridos en ese agraviado país.

Lo que resalta de esa narrativa fílmica es la conjunción entre la entrega y convicciones de un grupo de jóvenes abogados y su búsqueda de elusivas pruebas de tan horrendos sucesos. Actuaron, bajo la determinación del fiscal del caso, para penetrar hasta el fondo del genocidio. Porque eso fue lo que ocurrió en esos tiempos de malvados gobernantes en un hermoso país lleno de pasiones, frustraciones y deseos de seguir su propio camino. A pesar de las dudas sobre la efectiva voluntad del débil gobierno del presidente Raúl Alfonsín, de llegar hasta el fondo del proceso.

Al verla no hay forma de evitar hacer la traslación al esfuerzo de aguerridos grupos de mexicanos por saldar cuentas con los crímenes de la propia guerra sucia. Y, también contra los imberbes normalistas de la escuela normal rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. Toda una saga de específicas malformaciones de la vida en común que apunta a una impensable tragedia que, finalmente, sucedió entre nosotros. Y lo hizo pasando por encima de cruciales valores de respeto a las vidas ajenas o al distinto pensamiento de los demás. Una tragedia que se alarga ya una década en el tiempo y parece no poder saldarse con estricto apego justiciero. Porque eso es, precisamente, lo que sus familiares –padres, madres, hermanos y demás familiares y dolientes– vagan clamando por sus 43 ausentes por las calles de este país. La inclemente búsqueda de oyentes, de simpatías, de coraje por la sangre derramada, de solidaridad con sus dolencias, penas y pérdidas. Tal parece que este corajudo y movilizado contingente no claudicará en su cometido. Sin importar que, en el transcurso de sus protestas, algunos de ellos, por sus edades, vayan pereciendo. En suma, deberán sobrepasar a buena parte de esa sociedad indiferente o reactiva, que pesa sobre ellos. Más aún, deberán bogar en contra de sectores opuestos a sus álgidos llamados por saber qué pasó y dónde quedaron los restos de esos adolescentes sacrificados. Todos ellos estudiantes normalistas rurales, asesinados por esa otra, minoritariamente parte de nuestra sociedad, que actúo de manera criminal. Ellos seguirán neceando hasta que se les atienda, hasta que encuentren, al menos, un trozo del básico sentimiento de humanidad.

A pesar del esfuerzo del actual gobierno por ir al fondo de los sucesos y determinar, sin titubeos, la definición jurídica, política, social, la naturaleza misma de lo ocurrido, tal parece que nos hemos extraviado en un mar de indeterminaciones que hacen dudar, incluso, de quienes, si algunos, fueron los perpetradores de tan horrendos crímenes de lesa humanidad. Porque, a pesar del esfuerzo oficial por determinar que fue, en efecto, un crimen de Estado, tal y como se apuntó hace poco tiempo, todavía se trabaja sin finiquitos firmes, completos y contundentes. Lo que requirió un esfuerzo de conciencia social y determinación política por situarse a la altura de los acontecimientos y reclamos que apuntan, con precisión, a su propia clasificación de fondo, surge toda una corriente en contra que trata de nublar todos los pasos dados. Atrincherados grupos y personajes que, diariamente, encuentran rendijas para transmitir sus oposiciones hasta en forma de rumores y falsedades.

Tal y como se logró en la Argentina de esos años, en el caso de Ayotzinapa es obligado penetrar en la sociedad para volcarla en ayuda y comprensión de la justicia. Amasar auxilios solidarios para neutralizar las consejas y trampas que inciden en la credibilidad de la investigación oficial. Tarea para nada fácil sino plagada de presiones, alegatos leguleyos y mentiras. El cúmulo de personajes que ya han sido detenidos: gatilleros, policías, narcos, un ex procurador general, soldados, generales, munícipes y demás, bien apuntan hacia la conclusión de este drama que no debe repetirse.

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