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Guía antropólogo el viaje de Philip Glass hacia los poderíos de la naturaleza

Alondra Flores Soto

 

Periódico La Jornada
Jueves 27 de octubre de 2022, p. 4

Philip Glass es un hombre que ha viajado mucho, describe el antropólogo Víctor Sánchez. Lo conocí ya como un hombre sumamente completo, desarrollado, en paz. Tenía una gran carrera y un sentido espiritual muy claro.

En 2005 estrenó su sinfonía número 7 Tolteca, en un concierto con la Orquesta Sinfónica Nacional, en Washington. La obra tiene su matriz en las tradiciones espirituales y culturales antiguas de Mesoamérica. Retomó el énfasis en la relación con las fuerzas del mundo de la naturaleza, como el Sol, la Tierra, el agua, el fuego y el viento, que continúan vivientes en el pueblo wixárika en Jalisco y Nayarit.

Cada uno de los tres movimientos sinfónicos están inspirados por la trinidad sagrada: el maíz, el hikuri (o la raíz sagrada) y el venado azul.

Sánchez relata que en 2000 le escribió un señor que dijo llamarse Philip Glass, quien había encontrado en Nueva York su libro Toltecas del nuevo milenio. No sé si me conoces, le dijo Glass, quien lo invitó a una serie de conciertos que daría en México y le pidió que conversaran. Sin saberlo, empezó una relación que ha durado mucho tiempo.

En su grabación de la sinfonía Tolteca, el compositor estadunidense agradece al antropólogo mexicano, pues mediante sus libros, enseñanzas y el trabajo de campo ha preservado las tradiciones de los toltecas de hoy, amable y pacientemente me abrió la puerta a estas tradiciones.

En la relación que tiene desde hace varias décadas con los wixaritari, Sánchez no suele llevar a extraños a esta comunidad. Glass fue una excepción. Desde muy joven, Sánchez se acercó al campo y a las comunidades indígenas. Un día llegó con los llamados huicholes. Observaba la concentración tan profunda que tenían en sus caminatas y ofrendas. No me era fácil para poner en palabras. No le alcanzaba la antropología. Por eso tengo una relación humana. No entendía, pero sí encontraba algo que a mi corazón le hacía falta.

Cuando se encontró con el compositor no sabía qué podía aportarle. Tenía unos 60 años, 40 de ellos practicando yoga, es un hombre muy disciplinado. Sin embargo, él me dijo que conforme buscó conocer la espiritualidad de lugares como India y Tíbet, llamó su atención la conexión con los poderíos de la naturaleza. No los encontró en las otras tradiciones que había estudiado.

En el primer ensayo en 2012 en Real de Catorce ya tenía unos años de venir a México, conocer lugares de introspección en la naturaleza, donde se entra en relación con lo abstracto. “Él ya traía un ojo muy entrenado a nivel de atención. De alguna manera lo llevé al final del camino. Al viajar con él, vi su presencia de ánimo, su paciencia, seriedad y el respeto.

Por ejemplo, puede estar sentado junto a presidentes o grandes artistas en el Lincoln Center en Nueva York o en un pueblito en San Luis Potosí, en una estación de trenes toda polvosa, comiendo en la fonda más humilde que te puedas imaginar. Llega un desconocido a saludarlo, se voltea, lo mira y escucha con atención. Tiene esa capacidad de estar plenamente para cada ser humano.

En la sierra pasó las noches, larguísimas, donde está uno navegando en lo abstracto. Es un lenguaje que ya entendía muy bien, relata.

“Aparentemente Philip también se enamoró de ese mundo. Por sus propias razones y su propio lenguaje. La manera en que él y Daniel conversan de la música. Los que estamos alrededor nos quedamos sorprendidos, preguntado: ‘¿ahora qué están haciendo?’ Nos lleva a un lugar llamado música.”

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